La filosofía se adapta a los tiempos y define el amor

La filosofía se adapta a los tiempos y define el amor
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Estos conceptos nos parecen muy del aquí y el ahora, pero para llegar a esta manera de ver la concepción del amor, fue necesario pasar por una serie de definiciones y reflexiones filosóficas a lo largo de un buen trecho de la historia. Podemos hacer un recorrido con los filósofos clásicos y entender su punto de vista del Amor.

El amor en la antigüedad quedó establecido como manía, locura, delirio de la mente y los sentidos, búsqueda anhelada de la otra mitad perdida. El amor es esa esfera partida en dos que sueña con recomponerse en la fusión de dos almas y dos cuerpos.

Platón es el fundador de nuestra filosofía del amor. Su influencia se manifiesta sobre todo por su idea del alma; sin ella no existiría nuestra filosofía del amor o habría tenido una formulación muy distinta y difícil de imaginar. Para Platón el amor es una mezcla de la belleza, la verdad y el bien; es un ansia de perfección, de alcanzar lo absoluto y la inmortalidad.

Sócrates definió el amor en su obra "El Banquete", como el deseo de engendrar belleza. Para él, el amor es locura divina, remembranza placentera, ante la presencia del amado, de esa belleza ideal, que el insensato amor despierta con su flecha en el corazón del hombre.   

Para la teología cristiana, Dios es Amor. Según Julián Marías, el Nuevo Testamento está lleno de referencias al amor, en todos los contextos imaginables. El Dios de los cristianos no se apartó de sus criaturas, sino que, al contrario, fue el primero en amarnos en nuestra forma y con nuestras limitaciones. El nuevo símbolo del Amor ya no es la pasión infinita del alma en busca de luz, sino el matrimonio de Cristo y de la Iglesia. 

Descartes opina que las pasiones son estados del alma, pero con una causa en el cuerpo, e insistirá en la conexión de ambas cosas. El racionalismo cartesiano se resiste a lo sentimental. Para él, las pasiones principales son: la admiración, la generosidad o el orgullo, la humildad y la bajeza, la veneración y el desdén; en forma extrema, el amor y odio y la alegría, tristeza. Las demás pasiones son composiciones o derivaciones o especies de estas.

Pascal refiere que las pasiones principales, son el origen de otras muchas: el amor y la ambición, pero que se debilitan o se destruyen recíprocamente. Sólo se es capaz de una gran pasión, y una vida es feliz cuando empieza con el amor y termina con la ambición. Lo más original de su teoría es la negativa pascaliana a excluir la razón del amor, porque son inseparables.

Spinoza ve en el deseo la esencia misma del hombre, a quien ve como una realidad desiderativa en su misma condición. El deseo, la alegría y el amor son los elementos principales de la doctrina spinoziana de las pasiones.

Para Maquiavelo el amor es un instrumento social engalanado con las joyas de la felicidad. En su “Príncipe”, subraya que el amor es el deseo de «fama, riqueza y poder disfrazado de deseo de verdad, bien y belleza».

Hobbes afirma en su “Leviatán” que el amor es un producto del miedo a no ser reconocido, estar solo y resultar indiferente: «Llamamos amor por una persona concreta, al deseo de ser deseados por ella».

En el siglo XVIII, según Julián Marías, se produce una «reacción sentimental» contra el racionalismo ilustrado. Autores como Diderot, Rousseau, y algunos prerrománticos, como Senancour, Richardson, Swift, etc. se muestran contrarios al intento de explicarlo todo racionalmente. Se va abriendo camino la idea del misterio y del amor a la naturaleza y a todos los seres animados; entre ellos, la mujer, idealizada y descrita como la quintaesencia de la belleza y la ternura. En las pasiones se estima su salvajismo natural, frente a la maldad del hombre civilizado.

Tanto Nietzsche como Schopenahuer ven el amor como una trampa para perpetuar la especie. Schopenahuer cree que la atracción sexual y la unión amorosa es la voluntad de vivir manifiesta en toda la especie. Expresa que la naturaleza necesita esa estratagema para lograr sus fines, ya que por desinteresada que pueda parecer la admiración por una persona amada, el objetivo final en realidad no es otro que la creación de un ser nuevo, y lo que lo prueba así, es que el amor no se contenta con un sentimiento recíproco, sino que exige el goce físico.

Para Schopenhauer las mujeres, por su condición de eternas menores de edad y su mayor debilidad de carácter, necesitan mucho más el amor que los hombres. Como ellos son superiores y pueden proporcionarle un hogar para criar a los hijos, las mujeres tratan de embaucarlos y seducirlos amorosamente; para ellas el amor es necesario porque no saben valerse por sí mismas. Los hombres también necesitan el amor para reproducirse, por ello caen en la trampa femenina del coqueteo y el encantamiento amoroso. No solo este filósofo, sino también muchos de sus contemporáneos, justificaron y legitimaron la sujeción de la mujer al varón basándose en que la monogamia y la fidelidad sexual son lógicas y necesarias para ellas. Entendieron el amor como un mal necesario, pero con unos objetivos claros: no el goce erótico o el ansia de autorrealización personal, sino la procreación. A menudo estos filósofos se lamentaban del efecto esclavizador que tiene el amor sobre los hombres. «El primer momento del amor es cuando yo siento que no quiero ser una persona independiente», afirmó Hegel. 

Proust por ejemplo creía que enamorarse era tener muy mala suerte, es caer en una trampa y la mujer es el símbolo de ese engaño o encantamiento. Se reconocía la utilidad del matrimonio porque las esposas son siempre buenas criadas que llevan el peso del hogar; pero el amor en cambio se sentía como un poder simbólico que afectaba a las emociones y el intelecto de los hombres. Tanto la magia como la mujer se consideran perversas, traicioneras, más próximas a la locura y la irracionalidad, la naturaleza y nuestro salvajismo.

Kierkegaard, a mediados del XIX, también ofrece una teoría original sobre el amor. Su máxima expresión es el amor romántico, definido por Kierkegaard como un encuentro inmediato entre aquellas personas que son tocadas o elegidas por el amor.

Como hemos podido leer, cuando las ideas y las palabras se transforman en sentimientos, logramos la fortaleza en el amor para defender lo que más apreciamos. Enfrentamos desafíos, superamos barreras y derribamos obstáculos. Cuando el amor es auténtico surge con la fuerza de la audacia, el atrevimiento, la osadía que nos lanza a correr riesgos para conquistar lo que amamos; es en esa entrega sin condiciones donde descubrimos una fuerza y valor desconocidos para gozar a plenitud el amor. ! ¡Feliz día de San Valentín!

Psic. Sara Campos   Consultorio Torre Médica Av. Méndez 1110 Segundo piso Tel 9933141178 Cel 9931498830



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