¿Eres de los que no respeta límites?

 

Vivimos en una sociedad, convivimos con familiares, amigos y compañeros por lo que se deben seguir ciertas reglas o normas para una buena convivencia social. Establecer límites es algo fundamental para una relación saludable, con respeto hacia las demás personas. Poner límites no es sencillo porque depende mucho de las situaciones y de las personas. Sin embargo, sabemos que los límites son fundamentales para establecer y mantener una relación adecuada, con entendimiento y para ello se debe hablar de lo que procure cierto bienestar a nosotros y a la otra persona o personas. Algunas veces sobrepasamos límites y puede ser de manera inconsciente, pero debemos reflexionar que se deben establecer en todo tipo de relaciones. Si no se siguen las reglas, se da lugar a situaciones desagradables que llegan incluso a afectarnos emocionalmente, porque a nadie le gusta tener una mala relación o un conflicto con su madre, su hermano o con cualquier otra persona.

Las normas las podemos ver como pautas establecidas para realizar una serie de acciones y los límites ya implican la ejecución o cumplimiento, o la no actuación siguiendo prohibiciones o máximos tolerables para que se sostengan las normas. Entendemos entonces que las normas deben ser precisas, claras y sencillas. Tienen la finalidad de lograr hechos positivos, son razonadas y razonables. Las reglas son firmes, pero pueden ser flexibles. Se pretende que sean coherentes, adecuadas a la situación, que se puedan seguir y que se cumplan. Los límites nos establecen un marco de referencia, ponen a prueba nuestro potencial, fomentan el sentido de responsabilidad, aumentan la tolerancia a la frustración, implican autocontrol y nos ubican en una realidad.

El poner límites significa hacerle saber a la otra persona que existen necesidades, deseos y preferencias personales diferentes a la suyas, y que la relación puede ser buena mediante el respeto mutuo con consenso y equilibrio. Establecer límites de manera saludable es algo realmente beneficioso para todos ya que se ayuda a evitar caer en chantajes y manipulaciones, se comunican ideas, pensamientos y emociones adecuadamente y se gestionan los de la otra parte de forma asertiva. Seguir reglas favorece la autoestima, la sociabilidad, asertividad y la espontaneidad. Si sabemos cómo y por qué actuar se reducen el estrés y la frustración. Es necesario promover el conocimiento mutuo, que se dé de manera fácil y agradable. También ayuda a que el vínculo sea más auténtico, transparente, con conexiones sanas. Poner límites representa a nivel consciente: decir o hacer lo que se piensa en lo cotidiano, decidir mi propio camino y a nivel inconsciente: formarme como individuo, con mi propia individualidad, estructurarme psíquicamente.

Debemos ser sinceros, honestos, pero también ser consecuentes a la hora de establecer límites. Si deseamos que se respeten nuestros límites, debemos también nosotros respetar los de los demás. Como es lógico, si atacamos, nos atacarán y si no respetamos, no nos respetarán. No debemos partir nunca de rencores o de momentos de rabia. ¿Cómo saber cuáles son mis propios limites? Primero debo Identificarlos, aceptarlos y establecer mis límites personales. Respetar los límites de los demás. Establecer límites a los demás, nos significa un gran problema. Esto sucede

porque nos inculcan desde pequeños que debemos complacer a todo el mundo, ser amables y no desagradar a nadie. Anteponemos el bienestar de los demás por encima del nuestro; sobre todo por miedo al rechazo. Vivimos en una sociedad que nos hace sentir la obligación de no desentonar, de no molestar a nadie, no opinar más de la cuenta, no quejarnos sin nos tratan mal en el trabajo, permitir malas actitudes de nuestra pareja, tolerar malos modales por parte de clientes en el trabajo, etc.

Hay exceso de tolerancia en muchas relaciones familiares y este exceso permite “abusos” e intrusiones en la vida personal. Una madre, al igual que un hijo, no tiene la obligación de tolerar todo tipo de acciones. Aquí surge muchas veces el miedo al “qué dirán” y el sentimiento de culpa que nos limita. Muchas personas, por ejemplo, confunden poner límites con expresar sin miramientos lo que opinan o lo que quieren, sin tener en cuenta a la otra persona ni sus circunstancias. Otros, por otra parte, utilizan sus propios problemas para “obligar” a los demás a adaptarse a ellos. En cualquier caso, esto no es poner límites para una relación saludable.

Aunque no existe una guía definitiva sobre cómo establecer límites de manera saludable, entendemos que hay que buscar el momento oportuno, evitar hablar de límites en situaciones de enfado o discusión. Debemos encontrar un momento en el que ambas partes estén relajadas y sean capaces de expresarse sin arrebatos, analizando sus palabras, con ánimo de cooperación y entendimiento, evitando el decir cosas que puedan herir al otro. Es bueno recordar que poner límites debe tener un beneficio para los dos o para varias personas, por tanto, lo ideal es encontrar un momento en el que no haya cansancio y que el ánimo no fluctúe, es decir, que no estemos enfadados ni alterados. Los límites se ponen por amor y respeto en todos los sentidos

Debemos olvidar la idea de que establecer límites significa ser egoístas. Por el contrario, es una acción que nace de la necesidad y el deseo de mantener esa relación lo más sana posible. De este modo, cuando establecemos ciertos límites personales, debemos tener en mente que lo que estamos haciendo es ayudar a que la relación se mantenga equilibrada y saludable. Cuando existe un vínculo afectivo tememos herir a la otra persona, le tenemos un tipo de respeto especial, nos preocupa que no nos comprenda y para ello, lo mejor es ejercitarse en el “desapego”. Es decir, hay que establecer una distancia entre los sentimientos por esa persona y las necesidades reales. Sólo entonces podremos establecer límites sanos, necesarios y coherentes entre las necesidades y las emociones.

Para finalizar, les dejo con este pensamiento de San Agustín para los hijos. “Los límites de ser padre”

Te di la vida, pero no puedo vivirla por ti.

Puedo enseñarte muchas cosas, pero no puedo obligarte a aprender.

Puedo dirigirte, pero no puedo responsabilizarme por lo que haces.

Puedo instruirte en lo malo y bueno, pero no puedo decidir por ti.

Puedo darte amor, pero no puedo obligarte a aceptarlo.

Puedo enseñarte a compartir, pero no puedo forzarte a hacerlo.

Puedo hablarte del respeto, pero no puedo exigir que seas respetuoso.

Puedo aconsejarte sobre las buenas amistades, pero no puedo escogértelas.

Puedo decirte que el alcohol es peligroso, pero no puedo decir NO por ti.

Puedo advertirte de las drogas, pero no puedo evitar que las uses.

Puedo exhortarte a la necesidad de tener metas altas, pero no puedo alcanzarlas por ti.

Puedo enseñarte acerca de la bondad, pero no puedo obligarte a ser bondadoso.

Puedo explicarte cómo vivir, pero no puedo darte vida eterna.

Éstos son mis límites como padre, el resto depende de ti.

PSIC. SARA L. CAMPOS CHAVOLLA

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