Los límites de la indecencia

El desastre corrió con toda su crudeza por las redes sociales. Los noticieros de TV y Radio reaccionaron inmediatamente después. La explosión se convirtió en segundos en tendencia mundial.

 

 

A la sorpresa vino una reacción por desgracia cada vez más común: denostar, juzgar, ridiculizar, reducir la realidad a un meme. El sarcasmo, la ironía y la crueldad se hizo tendencia.

 

 

El límite de la indecencia provino de los mismos usuarios. Clamaban no viralizar las imágenes de las víctimas quemadas, los videos, los alaridos. El resquicio de humanidad protestaba por el manejo grotesco de las imágenes, pedía respeto para los muertos.

 

 

 

 

Torre de Babel, reino de confusión, encontrabas los extremos besándose la cola. Los que románticamente defienden al pueblo bueno y sabio; y quienes lo incriminan responsabilizándolo absolutamente de todo.

 

 

Exacerbarse no lleva a nada bueno. Ni santos, ni demonios. Para juzgar la realidad hay que ponerse en zapatos del otro. No queda sino intentar comprender con humildad, la carne de la que estamos hechos, lo que los filósofos acuñan como la ‘condición humana’: la alegría y el terror de ser humanos, falibles, contradictorios. Ellos, los quemados somos nosotros.

 

 

La verdad completa ¿quién la tiene? ¿El gobierno, el Ejército, los familiares de las víctimas? ¿Los iluminados columnistas? La verdad está allí gritándonos a lo más profundo de nuestra conciencia, recordándonos quiénes somos realmente como pueblo.

 

 

El México de la aporofobia y la discriminación, ese que nos avergüenza por irracional e inmisericorde, voló haciéndonos añicos, los primeros días del año y los primeros días de un gobierno electo masivamente.

 

 

Satisfechos con una versión ficticia como incompleta, cada quien ‘estimaba’ lo que había acontecido, convirtiendo la tragedia en un falso debate nacional, un vergonzoso entretenimiento, una necia disputa entre lo moral e inmoral, legal o ilegal, educativo o ignorante. Llevaron al centenar de muertos, a un espectáculo de filósofos virtuales, sabelotodos, peritos, judiciales, magistrados, forenses, ingenieros petroleros, militares, politólogos, conspiracionistas. Es tan fácil juzgar apretando un botón, mirando un video. ‘Expertos’ en el tema, que no saben escribir Tlahuelilpan y no saben siquiera donde queda el Estado de Hidalgo. La mayor tragedia de nuestra historia reciente, en un patiño, un teatro guiñol, una desagradable nota de ciencia ficción.

 

 

El México ‘espiritual’ que se arrodilla cada 12 de diciembre ante la madre llena de ternura del Tepeyac, hizo gala de proverbial hipocresía: ningún respeto a los muertos, ninguna moderación, ninguna compasión. El México cristiano ávido de fiestas, altares, santos y sacrificios, sepultó a sus hijos en ataúdes de madera ataviados con la virgen de Guadalupe, sus rosarios, sus rezos, sus llantos. Por otra parte, el México indolente, también creyente, juzgando con severidad, como aquella parábola de los hermanos rencillosos del Padre Pródigo: ‘Ese hijo tuyo, que malgastó todos los bienes’. Símbolos religiosos vacíos de contenido, sin carne, usados de adorno. No hemos aprendido a conectar nuestra ‘identidad espiritual’ con la realidad social de nuestra patria. Esa dicotomía per se, es una tragedia nacional. Creyentes y no creyentes, ateos o no, todos fuimos afectados La desgracia no pide neutralidad, tampoco severidad. Pide conversión, cambio, reflexión, metanoia: esto no puede seguir sucediendo. Apenas salíamos de los tiernos momentos del pesebre de Belén, la familia, el árbol de navidad, la rosca de reyes, el tiempo espiritual de la paz y pasamos de golpe y porrazo al calvario, al lugar de la calavera.

 

 

 

Calvario con víctimas carbonizadas, cómplices y artífices. Calvario con líderes buscando la raja política, el resquicio del reflector, el golpe de pecho fariseo. Politizando la tragedia, exprimiendo los detalles, inquiriendo respuestas que ellos mismos no supieron dar, señalando con el dedo; miseria ideológica, ética y política, en momentos donde urgía la unidad nacional.

 

 

Calvario con su cinismo. La tragedia nos enseñó que hasta para ser indecentes hay límites.

 

 

De ninguna manera siento placer escribir sobre esto, preferiría como muchos, olvidar lo acontecido y escribir del caso Granier, el dólar, Nicolás Maduro o la súper luna roja. Pero esta vez no puedo. Pega muy fuerte saber que esto sucederá de nuevo, puesto que ha venido sucediendo al menos diez años atrás. Algo habrá que cambiar desde dentro. Sumarnos a los esfuerzos para combatir esto que bien a bien, no sabemos hasta donde llega y que llamamos huachicoleo.

 

 

Que tanto dolor nos lleve a ser mejores, por lo menos, que no decaiga la esperanza. De Belén, al Calvario, por fortuna, la historia invita a un mejor futuro. Está en nuestras manos que este pueblo llegue a serlo, como se pregona, bueno y sabio. Hoy aún no lo es. Como tampoco lo es a cabalidad, un buen pueblo cristiano.