
La trivialidad y el lenguaje fácil, la frivolidad a la que nos están acostumbrando las redes sociales, encienden las luces de alarma para los filósofos del lenguaje. Umberto Eco dejaba en claro que toda forma de lenguaje comporta una multitud de significantes poliformes. La semiótica es la riqueza que nos viene en los signos que nuestra mente capta del mundo real. Ludwig Wittgestein (1889-1951) fundó la filosofía del lenguaje con su famosa frase “Los límites de mi lenguaje, son los límites de mi mundo”. Cuando percibimos una muy escasa capacidad de lectura, de comprensión, de lógica simbólica, que abre paso al lenguaje soez, ralo, pauperizado y reducido al mundo de las emociones sin razón, de la simple opinión sin argumentación, atestiguamos que en el futuro inmediato afrontaremos un vacío de la semántica, de la filosofía, de la ética; de la sabiduría. Estamos construyendo nuestra civilización virtual, sobre castillos de arena a punto de derrumbarse, maleable según el evento de moda, el “trend topic”, la tendencia, sin perspectiva histórica, sin sentido, sin razón.
Volviendo a Wittgestein, la vida le jugó varios reveses. Presionado por su padre, quien no fue cariñoso con él, estudió matemáticas para hacerse cargo de sus prósperas empresas, se graduó como ingeniero industrial. Se enlistó como voluntario durante la primera guerra mundial, fue apresado y luego liberado. Confundido, ingresó a un monasterio, renunciando a su fortuna, pero no había en él vocación para la vida monástica. Decidió pues estudiar el doctorado en Filosofía. Se graduó con su obra monumental “el tratado lógico-filosófico”.

Sufrió el suicidio de tres de sus hermanos. ¿Tendría él también tendencia al suicidio?
Uno de los conceptos más profundos de su análisis es “Dios”. Se encumbra al misticismo en sus “diarios secretos” donde invoca a Dios para obtener fuerza ante las adversidades, aceptar la voluntad de Dios, no olvidarse de Dios, aceptar el cristianismo como un camino seguro hacia la felicidad, coincidiendo con otros filósofos como Zubiri, Tomás, Agustín, Paul Ricoeur, Descartes, etc. Ofrece una visión ética y estética sobre la vida y de cómo Dios ilumina a las personas mediante una vida espiritual. Paz interior y oración, serán parte de su filosofía y de su teoría semántica del lenguaje: Dios es aliado perfecto del hombre para alcanzar su felicidad. La luz viene de lo alto y sin ella, no valemos nada. Si el hombre es el sujeto del límite del mundo, cuando se acerca a Dios, afronta a quien no tiene límites. Se conecta de este modo a quien puede abrir nuestros límites al infinito, la verdadera fuente de la sabiduría.
Pero Wittgenstein a pesar de su ética trascedente del cristianismo, no era católico. En la línea de Marx, también pensaba que la iglesia es una tiranía a base de dogmas. En su hogar, se arrodillaba a rezar a un Dios invisible. Un Dios que le ayudará a abandonarse en él, a dominar su vanidad intelectual, su incipiente locura, con la tentación del suicidio. Para él, la vida no tenía cualquier precio. Harto de la doble moral de la sociedad de su época, la manipulación religiosa, la tragedia de su propia familia con la tendencia al suicidio, en una decadencia de la cultura; tuvo el coraje de seguir viviendo. Pidió un funeral católico en memoria de su madre, que siempre lo fue. Al final encargó decir, como Sócrates, algo así como su testimonio “digan que mi vida ha sido maravillosa”.
Podemos incluir su nombre en la lista de “GENIO ATORMENTADO”. Lo fue.
Dios bendiga a todos aquellos que alguna vez han sentido la tentación del suicidio y los proteja, los anime a luchar y hallar el camino hacia la vida, para que como Wittgestein, a pesar de los sufrimientos podamos decir al final: VIVIR HA SIDO MARAVILLOSO.
Post script. El hermano de Luwdig, fue un famoso concertista a quien Maurice Ravel, compuso el “concierto para la mano izquierda”, al perder su brazo derecho en la primera guerra mundial. Disfrútalo.

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