
El 10 de mayo es una fecha noble. 100% afectiva. Mueve nuestras entrañas en todos los sentidos, a todas las edades, en todos los contextos de la vida. Nadie es ajeno frente al rostro de su madre. El abrazo, el beso, el consuelo, la vida compartida. Amor que se entrega todo, por completo.
Octavio Paz en su ensayo “Los Hijos de la malinche” hace una teoría sobre la maternidad mexicana. Habla de una madre violada, de la que nace la mexicanidad moderna. Sostiene que “Los hijos de la chingada”, son los “demás”, los “otros”: los extranjeros, los malos mexicanos, nuestros enemigos, nuestros rivales. La Chingada, es la madre.
Dice el ensayista, “no una madre de carne y hueso, sino una figura mítica. La Chingada es una de las representaciones mexicanas de la maternidad, como la llorona o la “sufrida madre mexicana” que festejamos cada diez de mayo. La Chingada, “la hembra, la pasividad pura, inerme ante el exterior”. Como dilema literario y semiótico es espléndido para un escritor de otro siglo, de otro México, de otra historia.
Centra su reflexión en la madre india, fuera de toda vanidad femenina, la Tonatzin, la Virgen Madre, consuelo de los pobres, amparo de los oprimidos, madre de los huérfanos. Para el autor, la virgen guadalupana es pasividad pura: consuela, serena, aquieta, enjuga las lágrimas, calma las pasiones. Pero Paz olvidó un dato: la madre está de pie y caminando. De pasiva nada. La madre del Tepeyac, tiene una actividad incesante. Camina a lado de sus hijos, les sirve, acompaña, repara sus heridas, les alimenta el corazón, les provee medicina y salud en sus enfermedades, les alienta y sobre todo…mantiene una memoria explosiva, picante, juiciosa, de no dejarse “chingar”, por ninguno.
Para Octavio Paz, la gran ruptura con la Madre fue la REFORMA. Según el ensayista, México aún “respira por la herida. De ahí que el sentimiento de orfandad sea el fondo constante de nuestras tentativas políticas y de nuestros conflictos íntimos”. Fallecido en 1998, no alcanzó a completar su discurso con el advenimiento de la 4T.
El México actual, el México de la modernidad líquida, está cimentado con la fragua de la vida, muy sufrida sí, pero nada pasiva, nada inerme, nada vulnerable al exterior.
Despertó la madre y con ella el hijo.
Son los rostros de las madres indígenas, campesinas, obreras, migrantes, encarceladas, sollozantes con sus hijos enfermos de cáncer, VIH, diabetes… madres de hijos autistas, síndrome down, hijos desaparecidos, perdidos en fosas clandestinas, las madres de los 43 de Ayotzinapa, de periodistas y empresarios asesinados, de los cientos de víctimas de Villahermosa que día a día desfilan por nuestros ojos, baleados, secuestrados, torturados, con el tiro de gracia… maestras luchando por su dignidad salarial, despedidas injustamente, madres de desempleados, madres desconsoladas, orantes, peregrinas, humilladas y rechazadas por un sistema que se niega a atenderlas y entenderlas…el estómago se revuelve.
La madre mexicana no es débil, es acaso el más fuerte bastión de la vida social de la nación.
El hijo despertó de su letargo y volvió a los brazos de su madre. Como el hijo pródigo del Evangelio. Volvió a soñar en la democracia, en la justicia y en la paz. Volvió a soñar que esta patria sería suya de nuevo a pesar del despojo y el saqueo de los “hijos de la malinche” que durante años vivieron para sangrarla haciéndola la más corrupta de todas.
Paz no vislumbró que esa Madre, ACTIVA y ACTUANTE, no es per se una divinidad, sino que es la MADRE de LA DIVINIDAD: “La madre del verdadero Dios por quien se vive”. En su vientre porta el “nuevo sol”, Jesucristo, motor de la historia. No es la mariolatría la que ha hecho posible las transformaciones de México, tal como sugiere el extinto escritor. Es Cristo quien ha estado presente en la conciencia del mexicano a partir de su conquista. El mensaje del Cristo, el tesoro de la fe, está más fértil que nunca en esta patria y en el continente entero. Somos ciudadanos que recobramos la dignidad de Hijos muy amados de Dios, y de su Madre.
No vengan a fastidiarnos con discursos como este, de que somos “Hijos de la malinche”. Somos hijos de Dios.
Las palabras del Cristo a sus seguidores hoy, día de las madres es más potente que nunca: “¿Quién de ustedes si le pide un pan a su padre o madre, le dará una piedra o si le pide pescado le dará un escorpión? PUES SI USTEDES SIENDO MALOS, SABEN DAR COSAS BUENAS A SUS HIJOS, CUANTO MAS MI PADRE CELESTIAL, LES DARÁ EL ESPIRITU SANTO A QUIEN SE LO PIDAN” (Lc11,11).
Quien ama y respeta a su padre y madre, construye desde el hogar lo más bello de la nación. La madre es el cofre de valores donde se transmite la educación, la fe y todas las virtudes. Me fascina el logo del Seguro Social, la madre amamantando apacible al amor de sus entrañas. Ese es el modelo de patria que anhelamos: un Estado donde la familia pueda crecer libre y sanamente, en brazos de su madre y padre.
A través de nuestras preciosas madres, Dios nos ha dado el más sabroso pan crujiente y oloroso, el delicioso pez jugoso y fresco, el abrazo, la caricia, la ternura, el rostro vivo de Dios. Si aún la tienes con vida, ríndete a su amor y ve reflejado en sus ojos tu rostro: NADIE MAS TE AMARÁ COMO ELLA. Si descansa en la Gloria Eterna, recuérdale con cantos de alegría y de gratitud. Sin duda, desde el cielo te bendice y vuelve a cantarte la canción de cuna que tanto te gustaba.
Felicidades mamás y abuelitas, gracias por amarnos tanto. Short Link: http://bit.ly/2VUHM84

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